Raclam toca fondo

Wednesday, July 05, 2006

Para una taza de porcelana, que se me escurrió entre los dedos

Raclam toca fondo

Para TI, por el hoy, y por el ayer.

Espero a mi psicóloga con las mismas esperanzas que tengo en el agua bendita. Urgente; decía el papel. 6 de junio, estaba todavía con “pequeños” ataques de pánico, de ansiedad, de agorafobia.
-Muy bien, aquí tiene su volante, preferente. – me dijo la tipa aquella sin mirarme a la cara, ¿o era un tipo?
Yo leí la fecha de la consulta. El 31 de julio, con dos cojones. Que hacer sino sonreír. Mientras, 50 mg de tranxilium diarios, antidepresivos, música para recordar aún más el dolor que me devoraba, y semanas de locura; atisbando el ¿horizonte?, por las rendijas de mi casa condenada; en la oscuridad. Dos meses por delante para conseguir una ayuda en la que ni siquiera confiaba. Aunque siempre esperas encontrar un tipo como Robin Williams en “El indomable Will Hounting”, al final siempre aparece una psiquiatra vieja, con cara de muy mala ostia, que te pregunta si quieres morir. Tú la miras a los ojos, y con toda la tranquilidad que puedes fingir respondes:
-Me de exactamente lo mismo. Yo ya estoy muerto.
-Estás hablando conmigo, ahora; yo no creo que estés muerto. Tienes 25 años, mil vidas por delante. – Su tono era más amenazante que tranquilizador, en serio-
Yo me quedé callado, mirándola a los ojos. Ella pensaba su próximo intento de acercamiento – aséptico e impersonal, como no-, y de repente, lo de siempre.
-¿Has pensado en el suicidio? Su cara reflejaba la misma expresividad que la de Steven Seagal.
-Si. –no me gusta andarme con las ramas, sólo tenía dos meses antes de mi consulta de psicología.
-¿Y no piensas en tu familia, en tu hija, a la que dejarías la peor de las herencias?
-Claro que pienso en ello. No como, no duermo; ¿que coño cree que hago? Pienso 24 horas al día. Y no lo voy ha hacer. Porque no puedo, porque soy un jugador, porque una mala mano, o unas cuantas; no me van hacer dejarlo. Porque saber ganar es difícil, pero cualquier idiota puede ser un buen perdedor. Yo soy su ejemplo. Del segundo caso. ¿No lee a Bukowski?
-Lo que yo lea no es de tu incumbencia. Entonces, ¿que quieres de mí? ¿Que esperas de esta consulta?
-No lo se, supongo que nada. Creo que si ya me he rendido, tus pastillitas rojas y blancas no me van a levantar. Pero siempre queda el factor sorpresa. Vengo aquí como el último truco. Para poner todo de mí parte. Todo lo que mi cabeza me permite, claro.
-No se que mas decirte; se riguroso con la medicación, no bebas alcohol, descansa, y el tiempo hará el resto.
Joder, pensé yo. Cinco o seis años de carrera, para aprender treinta o cuarenta fármacos y unas frases que me han repetido hasta la saciedad absolutamente todo el mundo. Y yo en una fábrica; coño, podría haber sido psiquiatra- pensé.
-Eso haré, señora. Hasta que usted me diga.
Ella ojeo su agenda. Seguía sin mirarme directamente a los ojos.
-Vuelve el 13 de julio, a ver como reaccionas a la medicación. Buenos días- dijo ella.
Que hija de puta. La acababa de contar media vida, lo que me había pasado, mi vida deshecha en cuestión de horas. Y me daba los buenos días. En fin, esta no es una gran historia, pero así es como sucedió. ¿Curarme? Con medicación y mi buena voluntad, seguro. ¿Qué coño importa ya? Donaría mi puto corazón a mi hija sin pensarlo un segundo; se lo daría a ELLA incluso. Y seguiré arrastrándome fuera de la cama, movido por los hilos de quién coño sabe, arruinándome un poco más. Y la verdad es que me importa cada vez menos. Que el tiempo pase, los recuerdos vuelen y, en cierto modo, pasar mi relación otra vez; adornada por mi mente enferma. Sólo recuerdo lo bueno, lo maravilloso que tuve. Quizás fue que los pequeños buenos momentos, siempre me compensaron los malos. Y ahora estoy viviendo uno de ellos. Cuando volví una noche a casa, de noche, de otro estúpido trabajo, quizás haga cuatro o cinco años. Agotado, sucio, cansado. Y su voz, sonando desde el fondo de nuestros cuarenta metros de vida, diciéndome:
-Ven a la cama, que estoy mala. No se que me pasa, pero me encuentro fatal. – María tenía la voz muy rara.
Yo corrí por nuestro “gran pasillo” de 4 metros y entre en la habitación. Y allí estaba ella, con un precioso body, sentada en la cama; sonriendo.
-Me has asustado, creí que estabas mala, de verdad.
-Pues ven aquí y cúrame tú- me dijo mientras avanzaba por la cama hacia mí.
-Dejame que me duche, y te curo lo que quieras.
-Nada de duchas, esto es una urgencia – me dijo sonriendo.
Yo estaba en el cielo. A veces, esos momentos son mejor incluso que lo que viene después. Pero aquella noche todo fue a la par, simplemente maravilloso.
Ella me cogio por la cintura, se puso de rodillas en la cama y me besó. Me empezó a desnudar, e hicimos el amor, despacio, sin prisas. Mirándonos a los ojos, besándonos, parando, siguiendo. Fue genial. Al final, todo cesó. Y mientras nuestras respiraciones recuperaban su ritmo normal, disfrutamos de nuestro silencio, mirando nuestro techo abollado como un viejo coche. La miré de reojo, y la vi sonreír, mientras se quedaba dormida. Yo me levanté muy despacio, me duché, y me acosté a su lado. La miré, con la luz que la luna nos regalaba por nuestra claraboya; desnuda, encima de la cama. Y supe que no había nada, ni nadie por lo que cambiaría aquel momento.
Los años has pasada; ella no volverá a desnudarme mientras me mira a los ojos. Pero una vez, o cientos quizás, lo hizo. Y eso nunca lo olvidaré. Eso es mi vida; no quiero nada más. Por eso sigo, y por los ojos que he creado. Nada más. Y acostarme cada noche en la ahora inmensa cama, volverme hacia su lado, besar su hueco en el colchón, y desearla buenas noches, princesa. Y desear con fuerza soñar con otro de esos recuerdos, y no despertar más. Pero las horas corren, y aquí seguimos. Hay imbécil para rato, y, aunque duela, se que lo peor está por llegar.

Raclam Dante 5-7-6

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