Raclam toca fondo

Monday, July 31, 2006

Hablando Claro

Raclam toca fondo


Hablando claro

Es jodido ser un sabiondo gilipollas. Es duro, así como ser feo, egocéntrico, autocompasivo, y memo. Enano, narizotas, payaso, inculto, medio bizco. Todas mis cualidades, no necesariamente en ese orden, hacen de mi lo que soy ahora. Eso, años de creerme la historia que yo me contaba, y la vuelta de tuerca apurando el último trago. Como siempre, y no literalmente hablando. Pero a todo se acostumbra uno. A veces, incluso te sorprendes a ti mismo sonriendo sin saber porque. Con cara de estúpido, todo hay que decirlo. Pero sonriendo, con dos cojones. Otras, las más, te miras al espejo y lloras sin lágrimas. Intentas averiguar en tu puta cara que coño podrías haber hecho para cambiar todo esto. Para no cagarla una vez más. Para no conseguir lo que siempre has deseado. ¿Estar solo? Quizás. ¿Tener motivos para compadecerme? Eso ya no lo sé. Pero lo que si sé es que sea lo que sea lo que haya querido, me lo he ganado a pulso. Ya es hora de poner las cartas boca arriba. En tiempos gané dinero al maldito poker, cuando mi cara era aun más penosa que lo que es ahora. Igual por aquellos años no había perdido del todo la confianza en mi mismo, y todavía atisbaba un rumbo a seguir -aunque nunca lo hiciese-. Faroles, mi especialidad. Podía apostarme mis últimos billetes contra tíos que me doblaban la edad, con una puta pareja de cincos. O con nada, en absoluto. Recuerdo aquellos tipos, en timbas donde el chivas corría a litros, mirándome, riéndose en mi cara, cuando pedía un kalimotxo. Y luego otro, y otro, y otro… Mi cara, manteniendo y comunicando gran parte de la memez que hay en mi interior, se mantenía impasible. Decid lo que queráis a un tonto del culo. Insultadle, pegadle. Seguramente os pegará una paliza, pero comprobaréis que su registro de expresiones es escaso. Como el mío. Y cuando al cabo de dos horas yo había ganado más dinero del que ganaba en un mes trabajando, me levantaba (un día casi me matan por ello) y me iba. Otras veces, el farol era demasiado continuo, y perdía todo. Así se podría resumir el problema. Un farol demasiado largo. Creerme mi historia, fingir que no quedan salidas. Cuando siempre las hay. Agarrarme a una posibilidad entre cien, depositar mis únicas esperanzas en otros, en ella. En la mujer con mayúsculas. No se puede depositar en otra persona todas las esperanzas de salir adelante, de mejorar como persona, de ganar algún momento de lucidez. De felicidad. Es demasiada responsabilidad. Y la responsabilidad ahoga, sobre todo cuando es demasiada, e injusta. No puedo culparla a ella por mis errores, no puedo enfadarme con mi apoyo, con lo único que me ha salvado de mí. Mi peor enemigo. La entiendo, y la respeto. ¿Qué mas queda decir? Que estoy enfadado conmigo, y a la vez siento que he conseguido tocar techo. He tenido todo lo que he querido, y lo he destruido, a pulso. Quizás por decisión propia, porque siempre es mejor buscar culpables que admitir culpas propias. Pero hay cabezas, como la basura que llevo encima de mis huesudos hombros, que no descansan. Y cuando llevas un par de meses durmiendo tres horas diarias, cuando te empastillan, te quitan tus últimos vicios y tu sexo, el tiempo se dilata. Se hace eterno. Solo piensas, piensas y piensas. Tu cuerpo se tensa; las sienes golpeadas por sangre furiosa. Y la espalda. Un dolor continuo te atormenta, supongo que por la tensión acumulada. Pero nada es suficiente para la puta cabeza. Sigue ahí, tocándote los huevos. Sin parar ni un solo segundo. Y llegas, aunque no acabas de creerlo del todo, a una conclusión. El tiempo es tan relativo, que cuando lo comprendes te asusta. Que hay minutos más valiosos que meses. Que un puñado de momentos son más importantes que el resto de tu monótona y vacía vida. 25 años son nada. Pero es TU nada. Y eso es lo que queda al final del camino. Hacer balance, y asumir que no hay vuelta atrás. Que la inmensa mayoría de tu mierda la has atraído hacia ti, con paso vacilante, pero inexorable. Cientos de oportunidades tiradas por la borda. Ya está bien. Todas las personas somos iguales, yo daría otra oportunidad a cualquiera. Pero como digo Orwell unos son más iguales que otros, y yo lo acepto. Hay que aprender a vivir con la derrota, hay que saber aceptar tu propia mediocridad. Pero siempre con dignidad. Y yo soy incapaz de mirarme a los ojos en un espejo cinco segundos. Porque me avergüenza lo que veo, porque sé que tengo algo tan grande que no merezco. Y me aterra pensar en mi asombrosa capacidad de transmitir todo lo malo que hay en mí a las personas que mas quiero. La asfixié a ella, la maté en vida soportando el vacío que yo provocaba. ¿Qué pasaría si fuese capaz de transmitírselo a mis nuevos ojos? Nunca me lo perdonaría. Ni seré capaz de seguir un minuto mas con este farol durante diez años mantenido en pie, ante la más mínima duda de ello. Cogeré mis maletas, y me largaré de la película. Que paren este asunto, que yo me bajo aquí. Sin olvidar que saberse retirar a tiempo siempre es una victoria. Y eso, con lo que me rodea, es el último vestigio de dignidad que quedará de mi pequeña vida. Mi contribución a ese mundo mejor que nunca quise.

Raclam Dante 31-7-2006

1 Comments:

At 9:06 AM, Blogger Miada said...

Retirarse nunca es una victoria, puede ser salvarse de una derrota pero no una victoria...

No temas el futuro, tu motivo necesita lo bueno y lo malo de ti...

Un beso.

 

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