Raclam toca fondo

Thursday, July 20, 2006

Elsa

Raclam toca fondo


ELSA

Aquella fue una noche extraña. Él supo desde que comenzó, que no habría posibilidad de repetirla. El caso es que estaba en su casa, escuchando música, leyendo algo para despejar su enorme cabeza, dejando que las horas corriesen. Eso siempre se le dio bien. 30 años de buena vida, sin dar un puto palo al agua. Herencias de tíos que ni conocía, ni quiso conocer. Rentas de sitios que no era capaz de situar en un mapa. En fin, no era un tipo millonario, pero era capaz de vivir sin trabajar. ¿Alguien puede ser más rico? Luego, una llamada de teléfono. Elsa venía a verlo; y traía bebida. Ella era una amiga, una especie de aliada contra el bicho que comía su cabeza. Una pequeña ventana para respirar cuando el aire se enrarecía, pesando como el plomo. Sentía una mezcla de alegría y de tristeza. Y, por ello, se sintió bien. Algo siempre es mejor que nada, pensó él. Tristeza, alegría o cólera. Da igual, el caso es que algo pase por la cabeza, aunque ese algo sea mierda pura. En una hora, más o menos, ella estaba en su puerta. Alta, grandes ojos, y un cuerpo precioso. La gente siempre decía que ella tenía una simpatía que la desbordaba, y un carácter a prueba de estupideces que dicen los estúpidos. Y eso, en un trabajo como el suyo, era vital. Sino jamás hubiese aguantado ni un mes. Pero lo hizo, cuando nadie (o casi) apostaba por ella. Él además la veía hermosa. Le gustaban sus rasgos, su boca, sus ojos. Su voz, sus manos. Tenía tantas cosas que Elsa no veía en si misma, que le dolían. Y allí estaba en su puerta, a los dos de la mañana, un sábado como cualquier otro. Hasta ese momento.
- ¿Cómo estás?, le dijo ella al abrir la puerta
- Ahora bien. Ya tengo algo de compañía.
Se quedaron mirando unos segundos. No era ningún rollo romántico, ni una puta cita. Era mucho más. Dos personas compartiendo momentos que ambos sabían –la experiencia a veces enseña cosas que se quieren olvidar- eran únicos. El tiempo corría en su contra; de distintos modos.
-Vaya, me alegro de ayudarte. Ella se sentó en una butaca y saco las bebidas.
-Lo decía por los litros, ¿que te creías?
Elsa le hizo una mueca, y después de servir las copas, saco de su cartera cocaína e hizo un par de filas.
-Yo paso, no estoy en mis mejores momentos.
-¿Seguro? Haz lo que creas, yo no quiero invitarte a algo que no quieras tomar. Su cara estaba tranquila y relajada. Se sentía bien allí. Estaba como en su casa, y no había necesidad de amabilidades.
-Si, no quiero colocarme. Quiero llevarte a la cama, y tengo que estar en forma. Él sonreía, mirándola esnifar sus dos rayas.
-Seguro. Estamos tú y yo para mucha cama. Vas guapo. Bueno, ¿de que hablamos hoy?
-Quiero que me hables de ti, de cómo te ha ido todo. Te conozco hace más de un año, y se menos de ti que de mi vecino. Y estoy harto de oírme contar mi historia, de darte pena, o risa, lo que sea. Quiero que hoy sea yo el que te psicoanalice.
Jose se sentó en el sofá, sintiendo como el primer trago de los muchos que bebió aquella noche le reconfortaba su cuerpo. Y Elsa comenzó a contarle su historia. No era una vida fácil, y ella se lo ponía aun peor por su “ogro”.
-¿Qué es eso del ogro? No sabía que es lo que quería decir con aquello.
Ella le miró, con sus bellos ojos entristecidos por recuerdos que Jose nunca llegaría a conocer. Y se lo trató de explicar.
-El ogro es ese ser que te dice todo lo malo que hay en ti, todas las cosas que haces mal. Es la voz que te dice que te rindas, que no queda nada por lo que luchar. Es quién a mi me dice que estoy gorda, o que soy fea. Y a ti, bueno, ya lo sabes. Tu ogro es distinto al mío, aunque se parezcan.
Elsa volvió a sacar la farla y se volvió a poner. Se había puesto más triste, y él temió que llorase.
-Se lo que quieres decir, joder si lo se.
Era una conversación real, con alguien que entendía el porque del vacío de su cabeza. Del dolor, de la indiferencia. Levantarse cada mañana deseando ser cualquier otro. Otro peor, otra cara, otros ojos. Pero ese día nunca llegaba. Y ambos estaban demasiado cansados.
-Tu ogro miente. Tú no eres fea, ni estás gorda. Eres guapa, y tienes un cuerpo cojonudo. Y lo que piensen él, o cualquier otro, me la pela. Yo se que no es cierto.
-Ya, pues entonces el tuyo también. Tú no eres idiota, ni feo, y tienes talento. Aunque no tengas huevos para reconocértelo. Siempre es más fácil esconder la cabeza en tu cueva que salir a ver el mundo real. ¿No?
Eso le dolió, pero sabía que ella tenía razón. Le pego un largo trago a su botella, y se la quedó mirando fijamente.
-No me jodas que te has enfadado. Elsa lo miraba, con una media sonrisa.
-Ni siquiera te he escuchado, estaba pensando en como echarte de mi casa con amabilidad, solo eso.
Se echaron a reír. Su risa era diez mil veces más fresca que la de él. Eso le gustó. Y la noche fue pasando, entre alcohol, cocaína, secretos, y muchas tonterías por el estilo. Y amaneció, mientras ellos aun continuaban hablando.
-Oye, chavalca. Quédate a dormir, o aquí sentada. Pero si crees que te voy a dar esto – señaló las llaves de su coche- lo llevas jodido. Con lo que te has metido y la bebida, no conduces hoy, casi guapa. Y son las siete y media de la mañana. Tú decides.
-Claro que me quedo. ¿Creías que me iba a ir en mitad de la diversión?
Ella estaba cada vez más triste, pero seguía tratando de sonreír.
-Me voy a dar una ducha, estoy cansado. Acuéstate donde quieras, ¿vale?
La dio un abrazo y noto lagrimas en su cuello.
-¿Estás bien?
-Si; que no pasa nada. Es mi ogro.
Se miraron en silencio. Hay muchas cosas que el silencio explica mejor que las palabras, y ya no quedaba nada más que decir.
Jose se metió en la ducha, y cuando salió vio que ella estaba acostada en su cama. Se echó a su lado, mirándola a la cara. Ella se rió, y eso hizo que él olvidara por un momento su bicho. Sus cabezas estaban en la almohada, y sus caras separadas por un palmo de tela.
-Hueles a farla.
-Vaya, lo siento, dijo ella separándose.
-¿Pero que dices? Yo no he dicho que eso no me guste.
La atrajo hacia él, pensando mil cosas a la vez. La sintió cerca, viva. Quería abrazarla y dormir con ella 20 años. Quería besarla, y nada más. Pero no lo hizo. No pudo hacerlo. Algo en su maldita cabeza se lo impidió. Se quedaron medio dormidos una hora, y luego ella se levantó despacio, y se fue a la ducha. Jose la oyó y no dijo nada. Sabía que aquello, fuese lo que fuese, estaba acabando. Después, ella salió, y se sentó a su lado.
-Bueno, tengo que irme a trabajar. Ya sabes, la vida del currante, y todo eso.
-No quiero que te vayas.
-Ni yo irme, pero no me queda más remedio. Ella quiso levantarse pero el la sujetó.
-Deja ese trabajo; vente a vivir conmigo.
-Si, fijo. ¿Y de que viviría?
-Eso ya lo pensaremos. Pero no te vayas. Quiero que te quedes y que sigamos hablando otras mil horas. Me siento bien aquí, en esta cama. Por primera vez desde hace años, y sin sexo de por medio. No puedo pedir, ni dar más.
-Tengo que irme. Pásate esta noche por el trabajo, y hablamos. ¿Vale?
Elsa se levantó y se fue.
Y todo volvió a ser tristeza, rabia, remordimientos sin sentido. Aquella noche nunca se repitió. La vida volvió a darles otros golpes, y cada vez se distanciaron más. Luego, lo de siempre. Otra ciudad, otro trabajo. Alguna llamada. Todo se fue perdiendo. Pero los ogros continuaron su lucha y ellos sabían que habían perdido la batalla antes de comenzarla.
Dos años después Jose estaba en Madrid. Llegó un momento en que todo le agobió hasta hacerle salir corriendo. Y un día, dando un paseo, se encontró con Marta, una compañera de Elsa en aquel negocio. Se dieron dos besos, y se sentaron a tomar algo. Ella café, él ginebra. Hay cosas que nunca cambian. Y hablaron de lo de siempre, de que rápido pasa el tiempo, de donde estaría ahora toda esa gente. Jose la preguntó por Elsa, sonriendo. Hacía meses que no sabía nada de ella.
-¿Es que no lo sabes? La cara de Marta se puso pálida
Él pensó automáticamente, pero se negó. Tenía que preguntarlo, una sola vez más.
-¿Qué le ha pasado a Elsa?
-Joder, tío, creí que alguien te habría avisado. No me acordaba de tus manías con los teléfonos. No se como decírtelo.
-Hostias, dímelo de una puta vez.
La gente se volvió a mirarlos, Jose había gritado sin ser consciente de ello
-Se suicidó hace tres meses. Se cortó las venas.
Sabía que aquello iba a pasar, lo había pensado mil veces. Pero siempre se oponía a aquella idea. Ella no podía desaparecer. Aunque no la viese nunca, su presencia en cualquier lugar hacían sus días un poco más fáciles.
-Se acabó – dijo en voz alta.
-¿Qué quieres decir? Marta lo miraba de forma extraña.
-Que no puedo más, y… bueno. Es igual. Me ha alegrado verte, ya nos veremos. Jose se levantó y se perdió entre la masa de gente. Quería estar solo, recordar aquella noche, y dedicarla una buena borrachera. Y arrepentirse mil veces por no haberla besado; por no haber sido el primero en marcharse, en mitad de la diversión.

Raclam Dante. 20-7-6

1 Comments:

At 3:16 AM, Blogger Miada said...

Cuando quieras me ocupo de tu ogro, no tiene nada que hacer conmigo...

Un beso.

 

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