Raclam toca fondo

Saturday, June 24, 2006

Tragos



Tragos

Gritar al puto mundo lo que siento, quemar mi frustración con una puta guerra nuclear. Tengo rabia, tengo tristeza, y nada más. Y me muero por un trago. Por un puto trago. Me chutaría si tuviese con que. No se puede bajar más, me digo entre dientes. Pero se puede. Joder si se puede. Estoy harto, harto, harto. Pedid a vuestro dios por un infarto, un cáncer, lo que os de la puta gana. Pero quiero largarme de aquí. No puedo seguir, no puedo acabar. NO DEBO acabar. Sino quizás ya no estuviese aquí. Y el caso es que, mirtazapinas y tranxilium aparte, me voy a un bar. A El bar. La misma gente de siempre, putas, borrachos, gente buena, y gente mala. Mi gente. Al menos, algunas. Me siento en mi sitio habitual y pido una jarra.
- ¿De que la quieres, Raclam ?
- No me jodas, Isa. Sabes que siempre soy fiel, y eso incluye al kalimotxo.
- No deberías beber tanto con tu medicación. – me dijo ella mirándome, a través de sus grandes ojos
- Quizás no debiera medicarme tanto, doña Isabel.
Eso la jodía mogollón, pero yo quería aquel puto trago. Y cuando ella se enfadaba, te servía a la velocidad de la luz.
- Sabes que no puedes dejar esas pastillas. Te volverías otra vez un estúpido amargado, y un poco gilipollas. Si me lo permites.
- Esas cualidades me venían de serie- dije después del primer y largo trago de la noche. Joder, podía sentir el bienestar corriendo por mis venas.
- Además, la medicación no sirve de nada. Estoy convencido. –dije yo.
- ¿Y por que crees eso?
- Porque es un cambio muy estúpido. ¿Cambiarías tú el arco por las flechas?
- No entiendo lo que quieres decir, Raclam. Vuelves a estar muy raro
- Nada, olvídalo. Pero ponme otra, y tomate algo conmigo. No es bueno beber solo, ¿no?
Por primera vez desde que entré en el bar, me sonrió. Me sirvió mi jarra y se puso otra para ella. Adoraba a esa mujer.
En ese momento de semi-tranquilidad, cuando mi cerebro dejaba aparcado la obsesión por un pequeño instante, unos de los habituales, uno de los subnormales habituales, se me acercó y me dio con su maldito dedo en mis huesudos hombros. Odio que me hagan eso.
- ¿Qué tal Raclam? Oí lo de tu novia, lo siento tío.
- Así es la vida, amigo. Tomate un trago, yo invito. Estoy forrado.
- Pues eso no es lo que yo he oído. Me han dicho que te ha dejado sin nada, y que ya debe estar follándose a otro. Quizás en un hotel que paguen con tu dinero.
- Bueno, amigo. Ya han pasado 20 días. El luto normal, ¿no? Que le vamos a hacer.
Las ganas de estrellar la jarra en la cara del gilipollas iban en aumento. Cuando acabase de beberla, por supuesto.
-¿Y por que coño te dejo? Parecía que todo os iba bien, ¿será por otro?
No lo se, colega. Yo pienso que el problema es mi poya. – Yo levantaba el tono por momentos, y la gente ya estaba más pendiente de nuestra ¿conversación?, que de las suyas.
-No jodas que no se te levanta. ¡ Tienes 25 años, coño ¡
Isa se estaba poniendo nerviosa. Sabia que yo no era violento, pero si irónico. Y determinadas cabezas no acaban de sintetizar mi sentido del humor. Y ella pasaba de líos. Le entendía, pero ya no podía parar. Estaba en vena.
-Pues la verdad es que el tema es que creo que la tengo demasiado grande. Siempre que follábamos, se quejaba de que sentía mas daño que placer.
- Quizás su coñito sea demasiado pequeño, ¿no? –me soltó aquello sonriéndome con se cara de memo.
- Pues si te digo la verdad, mi querido Fito, es que yo sopese largamente el problema. Pero al final surgió un hecho que me hizo ver que ese no era el problema.
- ¿Si, el que tío?
- Pues que cuando me follo a tu mujer me pasa lo mismo. Ella siempre se queja de que la tengo demasiado grande.
El mamón de turno – con fama de carnudo - se puso todo lo rojo que alguien se puede poner. La gente se reía, a escondidas, o abiertamente. A la mayoría de aquellos tipos y de las damas se la sudaba lo que los demás pensaran de ellos.
Yo veía en los ojos del tipo lo que pensaba. Tenía ojos bobalicones, pero transparentes. Sabia que estaba sopesando darme un par de hostias, o reírme la broma. Y bueno, a decir verdad el tendría unos 40 años, y me sacaría unos 30 kilos. Pero él me conocía. Sabía que yo no tenía nada que perder, o que, si quedaba algo, deseaba perderlo. Así que se decidió.
-Puto cabrón borracho, siempre estas con tus chorradas. Un día tendrás un problema.- me dijo sonriendo. Su sonrisa era más falsa que mi libro azul de alcohólicos anónimos.
-Ya me conoces, me gustan los problemas, sino me aburro. Y odio el aburrimiento. ¿Salimos a discutir nuestro pequeño dilema, o quieres seguir aquí mirándome a los ojos media puta noche?
Yo apuré mi jarra, y le sonreí. El se quedo callado unos segundos, y la gente del bar también. La camarera agarro mi jarra, pero yo no la solté. Uno nunca sabe con que te va a salir un tonto del culo como aquel. Ella estaba realmente nerviosa. Eso me daba pena, de verdad. Pero al final, lo de siempre.
-No cambiarás nunca, cabrón. Isa, ponle otra jarra a este borrachuzo, que yo invito. No hay ningún problema, Raclam. Ninguno.
-Eso está bien, me encanta la tranquilidad. Ya seguiremos esta conversación mañana, hoy no estoy con mi mejor humor. Ya sabes, lo de que te dejen, que te quiten a tu hija. Lo típico.
-Ok, amigo. Ya hablaremos. Y salud.
Brindé con el mí recién rellenada jarra, y se fue a tomar por culo en su coche. Después de pagar MÍ copa. Al menos, tenía palabra.
-Lo siento, Isa, de verdad que lo siento.
-No puedes hacerme esto mas, no quiero problemas aquí. Eso tío es un tonto del culo, pero me deja mucho dinero aquí. No quiero que no vuelva por miedo a que lo rompas una jarra en su fea cara.
-Lo se, de verdad que no volverá a pasar. ¿Amigos? – le dije sonriendo.
Ella me miró, seguía sería, pero enseguida me devolvió la sonrisa.
-No se que coño hacer contigo, - me dijo dando un sorbo a su jarra. Si echarte a patadas, o meterte en mi cama.
-Me echarías a patadas de todos modos. De tu bar, o de tu cama.
-¿Quién sabe? Los flacuchos borrachos suelen saber manejarse con las mujeres.
Yo la miré. Por última vez aquella noche. Solo podía pensar en María, siempre estaba en mi cabeza. La camarera me encantaba, me caía bien, me reía con ella, me tajaba con ella. Pero no era María. Y no podría serlo nunca. Cogí mi bote de tranxilium y me comí un par de ellas. Apure el último trago, y me despedí. Ella se quedo sorprendida, pero sabía cual era mi problema. Y que eso no iba a cambiar, ni ahora, ni nunca. No echéis nunca una mano a quienes no os la quiera coger. ¿Y sabéis que? Desde el fondo las cosas se difuminan, cogen menos brillo, pero aun así están ahí. Y tú las contemplas, desde tu pedestal hundido mil metros bajo el mar. Y te ríes, escuchando tu propia risa. Pero no te gusta nada, nada, lo que oyes.

Raclam Dante. 23-6-6

0 Comments:

Post a Comment

<< Home